Las Lunas de Atacama -novela

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Ediciones del Desierto

Abril de 2016, Chile.

Reconocimientos: Finalista de Tercer Premio de Novela Altazar 2015, Lima, Perú.

DISPONIBLE EN AMAZON, BARNES AND NOBLE Y LIBRERÍA ANTÁRTICA.

MUESTRA DEL 1ER CAPÍTULO.-

ENCUENTRO
Para entonces yo era una maestra polizona y sabía calcular cuándo tendríamos luna llena. Lo único que odiaba de viajar en los trenes era la falta de aquel lamparón amarillento que iluminaba el vagón de carga, haciéndolo más tolerable porque siempre tuve miedo a la oscuridad. Por la escotilla de vidrios opacos, la luna vigilaba mi sueño y me hacía sentir más cercana a la tierra, menos volátil. Viajaba sin pagar y conservaba una cuota de inmadurez que me hacía pensar que yo era valiosa solo por ser diferente: de tez morena, cabellos negros y lacios y con un odio voraz por aquellas ropas que mi familia de ingleses me había impuesto durante tantos años; esos trajes largos, calurosos y pesados que debíamos arrastrar bajo los rayos del sol, en un desierto que nos repelía como el aceite de linaza al agua. La luna me permitía ser la mujer real, no la disfrazada de extranjera. Por eso, según yo, estaba cubierta de lunares, esos lunares que iniciaban un recorrido desde mi cuello, avanzaban por el pecho y culminaban en mi antebrazo. Supuse que yo era hija de la luna, aunque reconocía una pasión desmedida por el sol y era la única que amaba broncearse a cuerpo entero, mientras mis padres y mi hermana se resguardaban con sombrillas de tela blanca cuando asistíamos al balneario de la ciudad. Al cabo de diez minutos, los tres parecían camarones rojos mientras que mi piel lucía más lustrosa y el pelo me brillaba, sedoso al fin. Entre ambos astros, prefería a la luna. En eso pensaba cuando oí ruidos que venían desde el otro extremo del vagón. Me sobresalté, pero luego recordé una jaula de gallinas que alguien había instalado en la carga.

Lo que me haría falta iba en la cartera: algo de oro en pepitas y las joyas que había hurtado de Victoria, mi madre. Con eso sería suficiente para organizar la búsqueda de mi madre. Conocía una buena casa de empeño en la capital, donde no me harían preguntas sobre la procedencia de mis continuos tesoros: las diademas, los anillos, gemas preciosas, los abrigos de piel. Evitaría que Ulises, el jefe de la estación Varillas, me viera y continuaría el viaje hasta la capital sin distracciones. La verdad es que por años quise ser invisible y en los breves meses que llevaba de fugada usando los trenes para ir de norte a sur, aquel deseo parecía haberse vuelto realidad. Pero por contraste, me retraía a mi casa, la gran mansión Eastman, donde todo el mundo reparaba en mí.

A la llegada de un nuevo invitado a casa, el mismo procedimiento ocurría: el huésped hacía un recorrido visual por el grupo. Comenzaba por el más alto, mi padre, de cabellos color miel; luego mi madre y sus pelos rubicundos como de choclo recién cortado. A continuación, mi hermana Madeline, que ya me ganaba por una cabeza aunque era cinco años menor. Y la última era yo, la morenita, gorda, de lunares en el cuello. Las miradas, como era obvio, se detenían en mí. Luego los ojos se movían de un lado a otro, desde mi padre a mí. De mi madre a mí. De mi hermana a mí. Y cuando el sujeto comprobaba que no había ninguna forma de conectarme físicamente con la familia, mi padre intervenía: “y ella es Wyetta, nuestra hija mayor”. Por eso y por tantas otras razones, yo sabía que no era una Eastman y estaba convencida de que en uno de aquellos viajes, del norte a la capital, encontraría la verdad que tanto estaba buscando: mi verdadero origen y mi verdadera madre. De momento otra vez el ruido me sobresaltó y no era de cacarear de gallinas. Me quedé quieta, casi sin respirar. Tuve miedo, que tal si yo no era la única polizona en el viaje. Ya me había sucedido, en el primer recorrido un hombre borracho intentó abusar de mí. No lo logró. O quizás sí. Esa memoria la he bloqueado. Me puse alerta. Desde la noche del ebrio que yo viajaba con un cuchillo escondido en el escote, un cuchillo de caza que había encontrado en una de las maletas que pertenecían a un alemán, en un nuevo viaje que hice poco después de esa noche en cuestión. El cuchillo era filudo, tenía un estuche de cuero y con correas se sujetaba al pecho. Ante la alerta del ruido y la posibilidad de otro ataque, retiré el arma en el máximo silencio y me quedé a la espera. El intruso se tendría que revelar.

PRÓLOGO:

LA LUNA NO ES DE QUESO: ES DE GALLETA PRÓLOGO PARA (RE)LEER AL FINAL Basta leer unas pocas páginas para que Galleta esté ya ahí, perfectamente perfilada, desafiante, valiente y testaruda. De la misma manera, basta leer unas pocas páginas para que, como lectores, quedemos atrapados en esta novela que juega hábilmente con la historia, con hipertextos, con imágenes potentes y con nuestros horizontes de expectativas. La luna es la clave: misteriosa, femenina, cambiante. La cara que nos muestra no es ni falsa ni verdadera. Por todo ello y más, es la única capaz de enfrentarse al desierto, a este desierto que también viene marcado con signo de mujer: es la Atacama y, como tal, seduce y atrapa. Este desierto se espejea y se hace mar, con sus propias sirenas que encantan y entrampan a los hombres para sepultarlos en vida, atándolos para siempre al trabajo de las minas. ¿Y Galleta? Galleta / Wyetta carga con todas estas marcas. La luna le ha dejado una constelación en el cuerpo, indicándole el camino, invitándola a navegar. Y ella acepta el llamado sin dudar, ni por un instante, en que su intuición es cierta y nos convence y la seguimos. En ese momento olvidamos que la luna tiene caras diversas… La luna es también la madre, cuya luz protectora cobija a Wyetta. Esa luz llega a todas partes: es una entidad poderosa, omnipresente, una diosa que no juzga, que espera, que no se deja impresionar por las rabietas de una hija rebelde. Esa luz no refleja alucinaciones: el desierto no puede con ella. Pero el desierto, la Atacama, tiene sus propias tretas y engaña con espejismos a quienes se aventuran a recorrerlo. Esta novela también juega con esos espejos distorsionados y es trabajo nuestro, de los lectores, descubrirlos y descifrarlos. A modo de ejemplo, la tríada Wyetta / Ulises / Armando conforman, sin proponérselo, una familia, pero al mismo tiempo, Armando es un reflejo de Galleta: también está buscando a los suyos, y por eso es que nuestra protagonista, al ayudarlo, se  ayuda a sí misma, desdoblándose sobre sus propios problemas. Incluso su apelativo es producto de este espejo que distorsiona su nombre, un anglicismo impronunciable, transformándolo en golosina de niños. Así emprendemos el rumbo: mientras un Ulises se queda en tierra, resguardando su propio secreto, esta hija de la luna emprende viajes y vive mil aventuras, dispuesta a todo para desentrañar sus orígenes. Si en el clásico cuento infantil los niños siguen migajas de pan, acá tenemos a Wyetta  deshaciéndose en migas de galleta que la llevarán hasta la verdad escondida tras esa pequeña puerta que no sabemos si existe. Estas dulces migas invisibles, dispersas en el desierto, se contraponen a la violencia de la cicatriz con que los rieles del tren marcan las arenas, reflejo del trauma histórico y de los traumas personales. A través de esa herida que no termina nunca de cerrar, el Longino cruza el desierto/mar travestido en ballena, acortando distancias insalvables para el Chile de 1920.  El clásico tópico del viaje inunda estas páginas mostrándonos mundos ya perdidos: bajamos del Longino para encontrarnos en una Estación Mapocho llena de vida, para recorrer las calles de Avenida España con las mansiones en su plenitud y para recorrer la Alameda de las Delicias en tranvía. Los escenarios se entrecruzan con los tiempos, con las clases sociales y con las antiguas costumbres: el Earl Grey de las 5 tiene que endulzarse con cubitos de azúcar, porque el azúcar “en cuchara” no es azúcar.  Para quienes han leído los textos anteriores de Andrea Amosson, algunos tópicos pueden resultar familiares: la búsqueda de la identidad, la fuerza de la genealogía materna, el cuerpo/texto que no sabe mentir… Y sin embargo, a pesar de la reiteración, no hay nada repetido en este nuevo libro. Esto me parece importante de destacar porque nos habla de una escritura versátil, creativa, que se auto-inventa desde sus propias obsesiones. Como la luna, que se las arregla para mostrarnos siempre una cara distinta. Como la vida, en definitiva, que se multiplica cada día con una experiencia siempre nueva.

—Claudia Martínez Echeverría Doctora en Literatura.

RESEÑA DEL CRÍTICO LITERARIO JOSÉ PROMIS, REVISTA DE LIBROS, EL MERCURIO, CHILE.

Domingo 31 de julio de 2016

Dobleces de la vida y del relato

“Las Lunas de Atacama ofrece una historia interesante, motivadora, bien ambientada y cuyo desenlace revela optimismo y confianza en el ser humano, pero el discurso de su voz narrativa hubiese necesitado, sin duda, una elaboración más cuidadosa…”

“La vida no puede vivirse sin dobleces, sin ocultar historias vergonzosas en el dobladillo de la falda”, escribe Galleta, la protagonista y narradora de Las Lunas de Atacama . El lector pronto descubrirá que tales reflexiones no solo apuntan a una historia que se ofrece como laberíntica y hasta cierto punto enigmática; también pueden aplicarse a la manera un tanto desorganizada como Galleta redacta su discurso.

Galleta es el apodo de Wyetta, la hija mayor de una acaudalada familia inglesa que alrededor de 1920 poseía varias minas en la pampa salitrera. Su apellido es Eastman y ha sido educada por su madre Victoria, la “gringa Vicho”, como la llaman los pampinos, siguiendo normas de etiqueta y comportamiento característicamente británicas. Pero mientras sus padres y su hermana Madeline son altos, blancos, rubios y delgados, Galleta es “morena y moteada y circular y bajita”. Diferencias tan visibles empujan a Galleta a sospechar que sus orígenes no son Eastman y que en Santiago resolverá el enigma de su nacimiento y verdadera identidad. Obsesionada por descubrir a su madre biológica, y poco antes de cumplir dieciocho años, Galleta huye varias veces de la casa familiar de Antofagasta como polizón a bordo del tren Longitudinal Norte, el desaparecido Longino. Desde el mismo inicio del discurso queda explícito, pues, que el motivo central del argumento de Las Lunas de Atacama será el problema de la identidad, cuya revelación se obtiene, en el caso de la novela de Andrea Amosson, gracias al viaje de descubrimiento.

Galleta narra la historia de sus conflictos familiares varios años después de que sus escapadas le otorgaran, finalmente, la recompensa que perseguía. Se sitúa en un tiempo cuando ya no es la muchacha colérica, resentida e irreflexiva que convertía a su madre Victoria en víctima de sus arrebatos. Ahora, mirando hacia su pasado, descubre que la identidad no es fácil de encontrar debido a los dobleces y ocultamientos de la vida. Cuál más, cuál menos, los personajes principales de la novela comparten identidades perdidas u ocultas: el niño que Galleta encuentra en el tren donde viaja de polizón hacia Santiago y que al parecer es el único sobreviviente de una matanza de obreros que ha tenido lugar en Iquique, algunos años después de la masacre de la Escuela Santa María; su amigo Ulises, nombre irónico para el jefe de una destartalada estación de trenes abandonada en la inmensidad del desierto; su tío Navidad, que se transforma al final de la historia, e incluso su madre, la “gringa Vicho”, cuyas revelaciones ponen punto final a las búsquedas de Galleta.

El texto de Andrea Amosson logra crear, con apropiados trazos pictóricos y fuerza dramática, la fisonomía del desierto salitrero como un espacio devorador que actúa de manera similar a la selva de José Eustasio Rivera: “El desierto cantaba y sus notas sutiles atrapaban a los hombres, les atraía con la promesa de un encuentro celestial para luego sujetarlos con el yugo de la labor minera y despiadada, bajo un sol de bestias”. Lo mismo puede decirse de las descripciones del mundo humano que transportaba el Longino o de algunos barrios tradicionales y también desaparecidos de Santiago. El aspecto frágil de la novela nace de la inestable relación entre una historia bien imaginada y la manera de comunicarla al destinatario. Galleta organiza su discurso utilizando asociaciones temporales que hacen zigzaguear al argumento de manera injustificada y que al no quedar claras en la percepción del lector tornan confusa su cronología y repiten sin necesidad informaciones ya conocidas. Queda también un cabo suelto en la caracterización de la protagonista: ¿por qué el empeño de Galleta para buscar a su madre en Santiago siendo que sus rasgos son inconfundiblemente “altiplánicos”?

Las Lunas de Atacama ofrece una historia interesante, motivadora, bien ambientada y cuyo desenlace revela optimismo y confianza en el ser humano, pero el discurso de su voz narrativa hubiese necesitado, sin duda, una elaboración más cuidadosa.

RESEÑAS:

Good Reads

Amazon

MULTIMEDIA:

Promo de Las Lunas de Atacama

 

PRENSA:

Hoy Dallas: Escritora chilena de Dallas presenta nuevo libro en Wild Detectives

Revista Autores Indie -entrevista-: Entre palabras

Revista Altitud

Al día: Calendario del Metroplex

Portal del Consejo nacional de televisión: CNTV-Novasur exhibe serie “Miramar” en Taller de literatura de Andrea Amosson

El Hispano News: Novela “Las Lunas de Atacama” en feria del libro en Chile

La Nota Latina: Escritora Andrea Amosson participará en la Feria Internacional del Libro de Chile

Eventos: The Wild Detectives

Eventos: Club de Lectores del Norte de Dallas leen Las Lunas de Atacama

Eventos: Universidad Católica del Norte, Lanzamiento del Libro “Las lunas de Atacama” de la Ex Alumna Andrea de Amosson

Eventos: Nuevos libros y conversatorios presenta la UCN en FILZIC

 

 

 

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