Érase una vez Laurides -cuentos

premio

Érase una vez Laurides, relatos. Editorial Pinar Publisher, Septiembre 2016. Georgia, Estados Unidos.

RECONOCIMIENTOS: 1er Lugar en Premio de Escritura y Creación Pinar Publisher 2016. Estados Unidos.

LANZAMIENTO: OCTUBRE DE 2017.-

MUESTRA DEL 1ER CAPÍTULO.-

Notas del explorador, doña Sofía de Luna y De Lirio

Laurides es una región montañosa, de ríos, de lluvia, de bosques, desierto. Y también de hielo. Limita al norte con quién sabe qué cosa y al sur, pues menos sé. A la derecha, eso sí, podemos observar un gran océano, muy bravo por lo demás. Laurides es un poblado que tiene en solsticio de verano 10 habitantes, mientras que en el de invierno, más o menos 1000. Otra veces, es una hermosa ciudad medieval de murallas, castillos y plazas públicas donde se exhiben las guillotinas que han muerto a los más ilustres dictadores, jefes de pandilla, eunucos, directoras de biblioteca y nobles que quisieron compartir sus tierras y dineros con los más pobres. En mañanas otoñales, Laurides se torna la ciudad de los poetas, escritores y lectores; y es posible dar cuenta de las rencillas que ocurren en estos ámbitos. Fuera una a creer que están todos creando y no tienen tiempo de discutir. Visto lo visto, me he documentado sobre aquel tema y descubierto que, dada la lamentable situación del hueso roído, todos están medio locos.

En Laurides también habitan las más bellas mujeres: las pelirrojas, las calvas, las bizcas, las rechonchas y las de piernas peludas. Por tal razón, el gobierno de facto, dirigido por el General Calabazas, mandó a reforzar los muros y la flota de tierra firme, con tal de mantener a raya a los mercaderes que desean intercambiar damiselas para los reinos vecinos, por un par de camellos ¾intercambio en absoluto inequitativo, ha decretado Calabazas¾; y a los mercachifles que quieren robarse a las muchachas sin pagar el apropiado impuesto.

Sobre la educación, existen dos escuelas en Laurides. La escuela de los machistas, los comerciantes, los colorados y la de los sumisos. Sólo dos. Por ello, en la puerta de entrada –que a veces está, y otras desaparece con el vapor de la camanchaca al atardecer– a usted le consultarán si es iniciado o lego. Medite usted muy bien su respuesta, ya que será de acuerdo a ella que a usted le indicarán ya sea las escaleras para subir a la cima de la comarca, o las escaleras que sólo sirven para bajar y que desembocan en el desagüe, por lo cual terminará ahogado en aquel océano que ya antes le mencionaba. De esta contestación, a la vez, se deriva si accede de manera directa a la población de Laurides, gentes espejo que se duplican o dividen, dependiendo de la humedad atmosférica del aire. Basado en este punto último, que quede en acta que Laurides posee la más exquisita fauna humana que su servidora ha tenido el placer de registrar. Los hay normalitos, los hay lunáticos, los hay obsesivos, simplones, dulces, odiosos. Y los que parece que viven en un lugar regular, así como en su casa, en su barrio, en su país. Son casi, casi, como cualquier otro villorrio. Pero casi no más.

Dicho lo dicho, es necesario apuntar que Laurides tiene un clima templado, de lloviznas moderadas e invisibles. Es decir, llueve a cántaros pero el agua jamás nunca toca el suelo. También hay ciclones tropicales que tornan el desierto colindante en una gran piscina de lodo y es cuando se inaugura por lo alto, la estación de esquionaje sobre piedras. Los lauridenses, a su vez, aman todo tipo de deporte y recreación al aire libre, como desvestirse y dejarse retratar por los turistas. Así como las mariguanzas techadas, incluyendo aquí el gran arte de irse a las mazmorras para castigarse por pensar distinto.

PRÓLOGO:

Próximo destino: Laurides

 Apenas me encontré con este nuevo libro de Andrea, tuve que preguntarle si Laurides era palabra grave (porque no tenía tilde). Y aunque me respondió que sí de inmediato, ya era tarde: Laurides se instaló en mi cabeza con toda la fuerza de una esdrújula, Láurides, y así sigue resonando en mis oídos hasta hoy.

Así es este lugar: un espacio literario con identidad propia que se va construyendo relato a relato y que, sin que nos demos cuenta, se apropia de nosotros que nos vemos –de pronto– recorriendo sus calles, escuchando a sus personajes y percibiendo sus intenciones.

La seducción que ejerce sobre nosotros parte con un humor muy bien trabajado, con descripciones lúdicas y personajes graciosos. Y cuando ya estamos convencidos de que Laurides es un entorno plácido y complaciente, comienza a surgir una realidad otra, casi invisible, con las marcas sombrías de dictaduras sangrientas, de luchas de inmigrantes y también de aquello innombrable, eso que nos atormenta en lo más íntimo y que ni siquiera somos capaces de verbalizar.

Recorrer estos relatos es internarse entre los angostos pasajes de esta ciudad de letras. Hay algo mágico en Laurides, pero también algo terrible escondido tras la perfecta arquitectura de las palabras que lo sostienen. Puede advertirse en el secreto que esconden los ojos de Vespi o en el dolor que dejó a Manuela encerrada en sí misma para siempre. Hay algo de ridículo, también, en la intelectualidad vacía del hombre pequeño y, por cierto, un aire a eternidad forzada en la recolecta de San Mittre. Ahí, en el destino de ese personaje, está la clave de la primera parte de este libro de relatos: Laurides atrapa. No se dice, no es el motivo central de ninguno de los cuentos, pero ninguno de sus personajes es capaz de salir de ahí.

En cambio, el mundo que se encuentra fuera de las fronteras de Laurides permite que sus personajes deambulen. Así lo hace Pancha Montes de Oca, con toda su gracia morena, y así lo hace también el personaje de “El golfo al amanecer”, aunque en este caso el viaje está tatuado en la piel a sangre, dolor y fuego. En tanto, la protagonista de “Dorotea encadenada” ni siquiera sabe dónde se encuentra: ha estado en tantos sitios, que ahora esa sala de hospital puede ser la de cualquiera, y da lo mismo, porque sus no-recuerdos inundan su mente anclándola en un no-lugar más allá de sí misma.

El cierre con Ramona nos da, precisamente, la clave de los relatos de esta segunda parte: tenemos a la “Ramona de aquí” y a la “Ramona de allá”, haciendo visible esa capacidad que tienen los personajes de las afueras de Laurides de trasladarse. Y Ramona nos impulsa a sonreír, es cierto, pero ya es tarde: algo sombrío ya se instaló en nosotros… Como el acento de este sustantivo, que se desplaza de grave a esdrújulo según quien lo lea.

En suma, estamos ante una apuesta distinta de Andrea Amosson que viene ya avalada por obtener el primer lugar en “Primer Premio de Creación y Escritura Pinar 2016”. En ese sentido, la capacidad camaleónica de Laurides funciona como un buen espejo de la escritura de Andrea, capaz de conjugar historias, lenguajes y personajes siempre con destreza.

Y llegamos. A la vuelta de la página está Laurides… O Láurides. Independientemente de cómo decidas nombrarlo, eres bienvenido.

 –Claudia Martínez Echeverría. Doctora en Literatura, Pontificia Universidad Católica de Chile.

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